Para los habitantes, comerciantes, transportistas y líderes comunitarios de municipios como Chalco e Ixtapaluca, el temor más fundado es el arraigado fenómeno del autogobierno carcelario.
La experiencia histórica en el sistema penitenciario mexicano demuestra que para un líder con una estructura como la de Grimaldo, una celda no representa necesariamente una neutralización, sino a menudo un centro de operaciones alternativo.
Desde el interior de los reclusorios, operando a través de redes de complicidad, teléfonos clandestinos y mandos medios en el exterior, personajes de este perfil suelen continuar dictando extorsiones, cobros de piso, despojos de inmuebles y el control monopólico de servicios urbanos.
Su capacidad de intimidación no disminuye por kilómetros de distancia; se muta y se administra con la misma impunidad con la que operaban en las calles.
La ciudadanía y los sectores productivos de la región no sólo demandan que "El Jimmy" enfrente la justicia sin privilegios, sino que se desarticule por completo la red financiera, política y de protección que le permitió construir un imperio basado en la extorsión y el miedo a la sombra de la legalidad institucional.
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